El desacato del hambre: crónica reflexiva tras una maniobra de Franco Colapinto
Pensamientos respecto del sobrepaso del piloto argentino frente a su compañero Pierre Gasly en el Gran Premio de Estados Unidos.

LAS PALABRAS del británico Stuart Barlow resuenan en la mente de Franco Colapinto. El ingeniero británico consigue juntar los vocablos exactos para reproducir la orden directa de Steve Nielsen, el jefe de equipo de Alpine. El instante en el que impactan en los oídos del piloto argentino no resulta irrelevante: restan apenas dos vueltas para la finalización del Gran Premio de Estados Unidos, en el Circuito de las Américas de Austin, Texas.
"Bueno, amigo, necesitamos que mantengan posiciones", se escucha a través del audífono de la radio. Todo ocurre en incontables micropartículas de un segundo. Colapinto marcha 18° y siente el aroma de la respiración del brasileño Gabriel Bortoleto, de Sauber. Está presionado. Por delante de sí lo tiene a su compañero Pierre Gasly, el número uno del tándem, el hombre que acaba de extender su contrato con la escudería francesa hasta la temporada 2028.
La réplica del piloto nacido en Pilar se esfuma en el aire. "¿Mantener qué? Pero él va demasiado lento. Yo estoy con Bortoleto", dispara. Sabe que la razón está de su lado: se ubica apenas por detrás de su ladero pero lleva neumáticos blandos en mejores condiciones. No termina de esgrimir la frase y ya tiene la decisión tomada. Despertará emociones encontradas. Algunas sensaciones de antipatía, también. Y acaso habrá una pequeña grieta en el sistema. Un puñado de instantes más tarde, entonces, hará añicos todos los esquemas: adelantará a Gasly, el protegido de la escudería, el hombre insignia del equipo. Asegurará el 17° puesto y lo relegará a terminar superado también por el brasileño de Sauber. Por un momento ensayará una apología de la desobediencia. Porque, en definitiva, no teme quemarse.
Reminiscencias
Transcurren los minutos en el Autódromo de Jacarepaguá, en Río de Janeiro, en la tarde del 29 de marzo de 1981. La incesante lluvia le aporta un marco poético a la dura carrera que lidera Carlos Reutemann, en el Gran Premio de Brasil, a bordo de su Williams-Ford. En el exterior de su monoplaza figura un claro 2, el número que refleja su lugar en un equipo que tiene como figura al australiano Alan Jones, vigente campeón de la Fórmula 1 con la misma escudería.
El santafesino marcha puntero, pero en el inconsciente de su cerebro entiende lo que ocurrirá: en poco tiempo recibirá la instrucción del equipo de abrirle paso al hombre nacido en Melbourne. La materialización del pedido quedará grabada en la historia del deporte motor. "Jones-Reut", reflejará el cartel que cuelga del brazo de Jeff Hazell, el manager de Williams. El mensaje resulta abrumadoramente claro: hay que cuidar al campeón de 1980 y piloto emblema de los dueños de la escudería.
Faltan nueve vueltas para la aparición de la bandera a cuadros. Reutemann entierra el acelerador y envía su primera señal: aquí no frena nadie. No tendrá relevancia el blindaje de Jones. Tampoco importará el contrato firmado con el legendario propietario del equipo Frank Williams, cuya letra indica que, si hay una diferencia menor de seis segundos entre ambos corredores del team, entonces Lole debe dejar avanzar al australiano.
El santafesino ya había respetado las reglas internas en la primera fecha del calendario: dos semanas atrás, el 15 de marzo, en Long Beach, había sido sobrepasado por su compañero y, segundos después, aceptaría la orden de no atacarlo para garantizarle el triunfo. Su cabeza, ahora, alimenta una semilla rebelde: quiere sacar a relucir su talento, su verdadero potencial. La instrucción desde boxes aparece un giro tras otro, pero su mente está centrada en un objetivo: ganar. Quedan dos vueltas y sus tiempos, pese a la reaparición del famoso cartel, ya son irrompibles.
"Nunca vi ningún cartel. La carrera fue difícil porque llovía todo el tiempo y había que concentrarse en el auto para no cometer el más mínimo error", expresará Reutemann, quien además sostendrá no haber visto a Jones por haber tenido empañado el vidrio del espejo retrovisor.

Costos de una irreverencia
El tiempo no ralentizó su curso. Seis meses ya quedaron atrás. Es 17 de octubre de 1981 y Reutemann ahora se encuentra en Las Vegas, en el Gran Premio del Caesars Palace. Es el líder del campeonato de pilotos de la Fórmula 1. Acaricia la corona: en Estados Unidos se desarrolla la última fecha del calendario que puede consagrarlo para la posteridad.
Su Williams-Ford, a diferencia de siempre, esta vez parece ser más lento. El piloto santafesino no consigue competir, incluso pese a haber partido desde la pole position. Con el título mundial al alcance, finaliza octavo, dos puestos por debajo de las ubicaciones puntuables de la época, y pierde la consagración a manos del brasileño Nelson Piquet -quinto en Las Vegas-, con quien luchó durante toda la temporada, por apenas un punto.
La carrera, no obstante, jamás dejará de correrse. El triunfo de Jones, que de nada le sirve a Williams ya que el australiano ya no peleaba el título, quedará envuelto en una atmósfera de polémica creciente. Sobre todo por las palabras del propio Reutemann que resultarán históricas: "Hubo una decisión estratégica del equipo que hizo que yo perdiera el campeonato".
El imaginario colectivo se preguntará, sin encontrar jamás una respuesta válida, pero también sin una convincente desmentida, si Williams realmente había hecho, desde las más profundas entrañas de la escudería, todo lo factible para que Reutemann no fuera el campeón. En el mismo imaginario, sin embargo, y acaso sin pruebas empíricas, siempre tomará pregnancia una fuerte versión: el santafesino pagó caro el costo de aquel desacato de Brasil, la germinación que sembraría el desenlace de un presunto boicot de la escudería.
El hambre de los grandes
Romper las reglas no está en las manos de cualquier mortal. Los competidores corrientes suelen acatar las normas, mantenerse dentro de los márgenes, saciar el hambre de manera convencional. Pero existe un hambre diferente. El de los gigantes, el de los que aspiran a un privilegio sólo reservado para un puñado de distintos: la trascendencia.
Colapinto está a punto de comerse la posición de Gasly. Ya pronunciadas las palabras de Barlow, en su mente rebotan las alternativas. Colisionan, por cierto. Acatar las órdenes impacta de lleno con la opción que, entiende, se avizora como la más razonable. Advierte la chance de escoger el camino de la armonía, pero elige dirigirse al sitio en el que arderán las llamas y en el que nadie sabe qué tan profundo llegarán las esquirlas del fuego. Exhibe muñeca, pulimenta su personalidad, alimenta el hambre de los infrecuentes y abandona el miedo a quemarse.
Durante la indivisible pieza del segundo que transcurre previo a la maniobra del adelantamiento, acaso haya cruzado por sus pensamientos más intestinos el suceso ocurrido dos meses antes en Zandvoort, Países Bajos, cuando sufriera un bloqueo por parte de Gasly que lo dejara sin posibilidades en momentos en los que peleaba por el punto del décimo puesto con Esteban Ocon, de Haas.
Acaba de finalizar la acción en Austin. La llamarada crece. El fuego interno sólo muestra que todo, al interior de Alpine, tiende a arder. Colapinto explica su determinación. "Creo que hice lo correcto: iba mucho más rápido y él (Gasly) tenía gomas más viejas", se defiende. Y profundiza: "Hice lo mejor para la situación en la que estábamos. Me estaba atacando (Gabriel) Bortoleto y pasarlo fue una forma de defenderme. Si yo no lo pasaba (a Gasly) probablemente Bortoleto nos habría pasado a los dos".

Gasly masculla la bronca y, sin estallar, anticipa lo que podría venir en el transcurso de la semana: "Yo hice mi parte. Me importa más el tema del rendimiento que este tipo de cosas; estamos lentos. Pero hice mi parte y estoy seguro de que lo revisaremos dentro del equipo". Colapinto, entonces, intenta liberar tensiones: "Peleábamos por los puestos 17° y 18°: no tiene sentido discutir por estas cosas". Sabe que, con el auto que tiene, la única disputa posibilista que tiene es con su compañero.
Y no le falta razón. La prueba está en la irritación que emerge desde el espíritu más íntimo de Alpine. Se trata de un argentino de 22 años que tomó el manejo del auto en la fecha 7, sin pretemporada, frente a la figura francesa de una escudería francesa. La situación, considerablemente menor en cualquier caso frecuente, empuja a la escudería a escupir, pocas horas después de la carrera, un comunicado de caracter oficial. Nielsen, el jefe del equipo, sostiene: "Dimos la instrucción de mantener posiciones; cada orden es definitiva y estamos decepcionados de que esta vez no haya sido así". Colapinto comprende, entonces, que las llamas apenas empiezan a rozarlo. Entiende que haber ganado el duelo personal con Gasly lo obligará a abonar un costo. Ningún actor de calibre de Alpine habrá terminado feliz: no agrada, con suma lógica, que haya arriesgado los dos autos por una pelea en puestos menores.
Los interrogantes se disparan por sí solos. Quedan cinco fechas del calendario y el ecosistema del deporte motor se pregunta cuándo será confirmado Colapinto como piloto titular para su continuidad en 2026. Acaso ahora, con el conflicto interno desatado, lo hagan esperar más allá de lo que habría estado pautado: un anuncio, con todo el colorido pertinente, entre los Grandes Premios de México y de Brasil.
Una voz oficial estará en silencio: la de Flavio Briatore, el mandamás que llevó a Colapinto a Alpine. Al menos hasta el viernes, en el inicio del fin de semana de competencia en México, no dejará salir una sola palabra. La pregunta subyacente arroja una duda: seguirá la primera línea oficial o marcará algún tipo de quiebre. ¿En el fondo de sus reflexiones pensará: "En mis filas quiero uno así"? ¿Habrá espacio, en ese caso, para una suerte de choque discursivo entre Briatore y Nielsen?
Como sea: para Colapinto la maniobra del desacato no será gratis. No por nada los narradores Ramiro Agulla y Adrián Puente, en simultáneo, en plena transmisión para toda Latinoamérica, se dejan llevar: "Dale, Franco, rebelate contra el sistema, rebelate, nene". Para calmar el hambre de los grandes, o los que apuntan a serlo, el más sabroso combustible es la irreverencia. La historia que golpeó a un obstinado Reutemann, signado por la pulsión de ganar más allá de los contratos y de los límites, acaso vaya a ofrecer una reivindicación a través de Colapinto. La tenacidad de Austin deja un pequeño orificio en el sistema y parece haber marcado una suerte de sentencia popular respecto del argentino: estirpe de rebelde y apetito de campeón no le faltan.







































