El Trofeo de Campeones: La cita final contra el fantasma de 1967 y la "maldición" del Calamar
El próximo sábado Platense buscará cerrar una herida de casi 60 años cuando defina el título ante Estudiantes.

El fútbol argentino suele contarse a través de sus grandes hitos, pero existen historias que, de no haber mediado un giro del destino o una reacción impulsiva, habrían reescrito por completo nuestra identidad deportiva.
Corría el año 1967, una temporada de quiebre absoluto. Bajo la intervención de Valentín Suárez, la AFA implementaba una reestructuración profunda que daba luz al Campeonato Metropolitano y al Nacional, abriendo el juego a los equipos del interior. En ese contexto de cambio, un Platense renovado y lírico, de la mano del gran Ángel Labruna, se convirtió en la sensación de la Zona B.
Aquel equipo era un canto a la ofensiva. Con figuras como Carlos Bulla, el Huevo Mugione, Néstor Subiat y el veloz Luis Medina, el "Calamar" no solo jugaba bien, sino que arrollaba. Uno de los momentos cumbres de la fase regular fue el 3-2 contra el River del Loco Gatti en el Monumental, un triunfo que le permitió a Platense ser tapa de El Gráfico, un honor casi prohibido para los equipos denominados chicos en esa época.
El equipo de Labruna terminó la primera rueda segundo y se consolidó en la vuelta ganando la zona con 40 goles a favor, diez más que el mítico "Equipo de José" de Racing.

Dos mundos frente a frente en la Bombonera
La cita con la historia fue el 3 de agosto de 1967 en una Bombonera húmeda y barrosa. Era la semifinal y el rival era el Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía. No eran solo dos equipos, eran dos filosofías de vida: el lirismo confiado de Labruna contra la disciplina táctica y el realismo extremo de Zubeldía. El partido fue una montaña rusa de emociones. Aunque Estudiantes pegó primero con un cabezazo de Conigliaro, Platense reaccionó con una furia goleadora que parecía sentenciar la noche. Lavezzi puso el empate y Carlos Bulla dio vuelta el marcador antes del descanso.
La tragedia para el "Pincha" parecía completa cuando Enry Barale se desgarró, dejando a su equipo con diez hombres en una época donde no se permitían cambios de jugadores de campo. En el entretiempo, Labruna, pecando quizás de un exceso de optimismo, arengaba a los suyos diciéndoles que el sábado en la gran final ya serían campeones. Al inicio del complemento, Bulla marcó el 3-1 y el 4-1 estuvo a milímetros de concretarse si no fuera por el cruce heroico de Pachamé, quien terminó con la cabeza rota contra el poste.
El minuto que transformó la historia del fútbol argentino
Sin embargo, el fútbol de Zubeldía tenía una mística de hierro. En una ráfaga de diez minutos, Juan Ramón Verón descontó de palomita y Carlos Bilardo estampó el 3-3 con un zurdazo inolvidable. Pero lo que realmente cambió el curso de los tiempos ocurrió a los 16 minutos del segundo tiempo. Tras descolgar un centro cómodo, el arquero de Platense, Juan Carlos Hurt, cayó en la provocación de Bilardo. El "Narigón" lo toreó, le dijo algo al oído y el guardameta, en un arranque de furia, le propinó un patadón frente al árbitro Ángel Coerezza.
El penal fue ejecutado por Raúl Madero y selló el 4-3 definitivo. Aquella reacción impulsiva de Hurt no solo dejó a Platense fuera de la final, sino que fue el acta de nacimiento del ciclo más exitoso de Estudiantes, que días después golearía a Racing para ser el primer campeón "chico" del profesionalismo. De ese triunfo germinaron las Copas Libertadores y la Intercontinental, y se consolidó la escuela que llevaría a Bilardo a la cima del mundo en México 1986.
Uno no puede evitar preguntarse qué habría pasado si Hurt mantenía la calma. Quizás Platense habría sido el primer campeón humilde, quizás el "bilardismo" no habría tenido su base de sustentación y la historia de la Selección Argentina sería otra. Aquella noche de agosto, entre el barro y las astucias, el fútbol argentino tomó un camino del que jamás regresaría.

En el imaginario colectivo del hincha de Platense, la semifinal perdida contra Estudiantes en la Bombonera no fue simplemente un resultado adverso; fue el punto de partida de un relato oscuro que mezcla la épica con la tragedia. La leyenda negra, alimentada en los tablones durante décadas, sostiene que aquel equipo de Ángel Labruna "entregó" el partido tras ir ganando 3 a 1 contra diez hombres. A partir de esa noche fatídica de agosto, el mundo calamar se sumergió en una espiral de infortunios que los fieles seguidores bautizaron como un karma histórico.
Las consecuencias de aquel quiebre parecieron trascender lo deportivo. Poco tiempo después de ese 1967 que pudo ser de gloria, el club sufrió el golpe más duro de su historia institucional: la pérdida de su casa, el mítico estadio de Manuela Pedraza y Crámer. Sin el calor del barrio y despojado de su identidad geográfica, Platense inició un deambular que incluyó el descenso de categoría y décadas de lucha en el ascenso, lejos de las luces que supo encender el "equipo lírico" de la mano de Carlos Bulla y el Huevo Mugione. Para muchos, el patadón de Hurt a Bilardo fue el primer eslabón de una cadena de desgracias que parecía no tener fin.
Este sábado, el destino vuelve a poner a Platense en una instancia decisiva por el Trofeo de Campeones, y la carga emocional es mucho más pesada que la de cualquier final convencional. Para los hinchas del Marrón, este partido no representa solo la posibilidad de sumar una estrella oficial al escudo, sino la oportunidad de cerrar un círculo de dolor que permaneció abierto durante más de medio siglo. Es el momento de exorcizar definitivamente los fantasmas de aquella semifinal en la Bombonera y enterrar para siempre la supuesta maldición que nació tras el duelo contra el Pincha.
Cortar este karma significaría el renacimiento definitivo de una institución que supo resistir el desarraigo y el olvido. Levantar la copa sería la prueba de que el destino ya no le debe nada al pueblo calamar y que la mística del club, esa que Labruna supo ensalzar con su frase "Platense, jugar siempre", está más viva que nunca. El sábado, el fútbol no solo entrega un trofeo; le ofrece a Platense la llave para abrir las puertas de una nueva era, dejando atrás las sombras de 1967 para escribir, de una vez por todas, su página más luminosa.

FOTOS: ARCHIVO EL GRÁFICO



































