La gloria eterna de Maradona en Boca: el Metropolitano 1981, el romance fundacional y el último adiós
De la primera consagración en el torneo doméstico y la comunión inquebrantable con la hinchada hasta el regreso consagratorio, un repaso por la relación eterna entre Diego y el Xeneize.

El sueño cumplido de vestir la azul y oro tuvo su bautismo de gloria en aquel Metropolitano de 1981, el único título oficial que Diego Armando Maradona conquistó con la camiseta del club de sus amores. La historia había empezado mucho antes en la casa de Azamor 523, en Villa Fiorito, alimentada por el anhelo íntimo de su padre, Don Diego, quien soñaba con verlo pisar La Bombonera. Aunque a finales de 1980 el equipo que había avanzado con mayor determinación por su fichaje fue River —llegando a ofrecerle un contrato idéntico al del Pato Fillol—, un llamado telefónico cambió el destino del fútbol mundial cuando el Diez sentenció que no iba a firmar en Núñez porque lo había llamado Boca.
La compleja ingeniería económica de su llegada se concretó formalmente el 20 de febrero de 1981 mediante un préstamo por cuatro millones de dólares y la cesión de seis futbolistas a Argentinos Juniors. Las complicaciones financieras rodearon la transacción desde el inicio: a Diego debían abonarle seiscientos mil dólares, pero le entregaron departamentos precarios que carecían de papeles y escrituras imposibles de vender.
La noticia lo sorprendió en el hotel Iruña de Mar del Plata, donde su representante Jorge Cyterszpiler le confirmó la transferencia, desatando un festejo íntimo con una zambullida en el mar junto a Daniel García, Carlos Carrizo y Pedro Magallanes. El debut oficial se produjo el 22 de febrero de 1981 ante una Bombonera colmada y desbordada de ilusión frente a Talleres de Córdoba por el torneo Metropolitano. Diego disputó aquel partido infiltrado debido a una molestia muscular que poco después decantaría en un desgarro, lo cual no le impidió brillar con luz propia y convertir dos goles de penal en el contundente triunfo por cuatro a uno, una actuación consagratoria que copó las páginas de una edición histórica de la revista El Gráfico.
La sociedad mágica con Miguel Ángel Brindisi catapultó al equipo hacia la consagración, consolidando un andar implacable que encontró su punto cumbre el 15 de agosto de 1981, tras empatar uno a uno frente a Racing con otro tanto de penal convertido por Maradona, resultado que le bastó al conjunto de la Ribera para quedarse con el ansiado campeonato.
En su etapa en Boca, Diego disputó 71 partidos, cosechó 43 victorias, 16 empates y sufrió 12 derrotas, convirtiendo 35 goles y conquistando ese inolvidable título. Tras aquel ciclo inicial, el astro emigró al fútbol europeo para vestir la camiseta del Barcelona.
El esperado regreso a la institución se materializó catorce años después, el 30 de septiembre de 1995, cuando Diego volvió a ponerse la azul y oro a más de diecinueve mil kilómetros de distancia para disputar un partido amistoso ante la selección de Corea del Sur en el Estadio Olímpico de Seúl.
Atrás había quedado el duro período de inactividad y la dolorosa sanción por dóping en el Mundial '94, coronando su vuelta de la mano del presidente Antonio Alegre y del director técnico Silvio Marzolini. Ante setenta mil espectadores, Boca se impuso por dos a uno con tantos de Carlos Javier Mac Allister y Sergio Martínez, tras lo cual el Diez exteriorizó su desahogo y emoción dedicándole el triunfo a sus hijas y a su madre, y cuestionando con dureza a su entorno crítico. Una semana después, La Bombonera lo recibió como al hijo pródigo en una comunión inquebrantable.
El punto final de su carrera profesional se escribió el 25 de octubre de 1997, en el marco de un Superclásico ante River en el estadio Monumental. Si bien el Millonario dominó la etapa inicial y se puso en ventaja con un gol de Sergio Berti, el trámite dio un giro absoluto en el complemento bajo la conducción táctica de Héctor Veira.
Con el ingreso de un joven Juan Román Riquelme en el entretiempo —momento en el que Diego dejó el campo de juego aquejado por una contractura—, el Xeneize lo dio vuelta con goles de Julio César Toresani y Martín Palermo para sellar el histórico triunfo por dos a uno.
Aquel partido estuvo precedido por una semana de extrema tensión institucional y mediática marcada por rumores sobre un nuevo control antidopaje y cónclaves subterráneos entre dirigentes y asesores legales. Agobiado por el hostigamiento y tras una charla íntima con su padre, el Diez oficializó su retiro definitivo del fútbol profesional en el día de su cumpleaños número 37, cerrando para siempre la historia de un romance eterno e inigualable con la camiseta de sus amores.
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De la admiración al amor eterno y su huella en los superclásicos, la figura de Diego trascendió cualquier frontera y el famoso cántico que pregonaba que Maradona era de Boca porque gallina no era se convirtió en el himno indiscutido de una hinchada rendida a sus pies.
Tras dejar atrás sus primeros gritos ante Talleres e Instituto y superar una lesión muscular, el Diez vivió su primera gran noche consagratoria frente al clásico rival el 10 de abril de 1981, cuando el equipo de Silvio Marzolini aplastó por 3-0 al River de Ubaldo Fillol, Daniel Passarella, Norberto Alonso y Mario Kempes con dos tantos de Miguel Brindisi y una joya de Maradona.
El idilio continuó el 5 de julio en el Monumental con un empate 1-1 donde desairó a la defensa rival, y aunque el 27 de septiembre sufrió su única caída oficial ante los millonarios —a pesar de abrir el marcador con un golazo olímpico y esquinado desde la raya lateral que sorprendió al Pato Fillol—, se desquitó con una actuación monumental el 1° de noviembre en Núñez, clavando una exquisitez de tiro libre y sentenciando el 2-2 definitivo con un penal en el último segundo.
Catorce años más tarde, en su etapa de madurez, protagonizó el reencuentro con Enzo Francescoli en el empate sin goles del 26 de noviembre de 1995, y el 14 de julio de 1996 dejó su sello en el contundente 4-1 con el que el equipo de Carlos Bilardo vapuleó al River de Ramón Díaz, donde Diego asistió tras fallar un penal y condujo a los suyos en una tarde inolvidable.






































