El fuego y la furia en Andalucía: del baile al Real Madrid a la mítica pelea con Bilardo, la historia visceral de Diego Maradona en el Sevilla
El conjunto andaluz disfrutó de la magia inigualable del astro argentino, pero el ciclo técnico-jugador terminó implosionando tras un histórico enfrentamiento a golpes en la propia casa del Diez.

La historia de Diego Armando Maradona en el Sevilla es el relato de un paso fugaz pero profundamente intenso, marcado por la pasión incondicional de una ciudad entregada a sus pies, las secuelas de un físico castigado por los años de inactividad, y una relación compleja, visceral y entrañable con Carlos Salvador Bilardo, el hombre que lo había llevado a la cima del mundo en México 1986 y que propició su desembarco en Andalucía a fines de 1992.
Tras una larga espera de dieciocho meses ausente de los terrenos profesionales por el primer control antidoping positivo de su carrera en el Nápoli, Diego Armando Maradona volvió a pisar una cancha de manera oficial el 4 de octubre de 1992, en su estreno con la camiseta del Sevilla. De la mano del Narigón —con quien se había consagrado campeón del mundo— y acompañado por otro ilustre compatriota como Diego Simeone, Maradona eligió Sevilla por sobre otras ofertas tentadoras, buscando un destino menos hostil tras su salida del fútbol italiano. Su etapa en el club andaluz duraría menos de un año y dejaría matices de enorme contraste, acumulando 30 partidos oficiales, con 12 triunfos, 10 empates, 8 derrotas y 7 goles.
La noche consagratoria: el baile al Real Madrid
El punto más alto de aquella aventura andaluza —y la gran obra maestra que dejó su paso por el club— tuvo lugar el 15 de diciembre de 1992, en el estadio Ramón Sánchez Pizjuán, frente al Real Madrid. Aquella fría noche quedó grabada a fuego como la jornada en la que el 10, pese a no estar en plenitud física, dio una clase magistral de fútbol, manejó los hilos del partido a su antojo y desarticuló por completo al poderoso equipo merengue.
Desde el primer minuto, Maradona se adueñó de la cancha con pisadas sutiles, giros indescifrables y pases quirúrgicos que rompieron líneas defensivas con absoluta naturalidad, conduciendo al Sevilla hacia una actuación consagratoria que culminó con un rotundo triunfo por 4-2. La influencia de su jerarquía enloqueció a los hinchas sevillanos, regalándoles una función inolvidable.
El mito del "¡Pisalo, pisalo!"
Entre las anécdotas más recordadas de su paso por España, quedó instalada en el imaginario popular una supuesta orden criminal de Bilardo hacia Diego para agredir a un rival. Sin embargo, la verdad de aquel célebre "¡Pisalo, pisalo!" nada tuvo que ver con una directiva de juego brusco dirigida al Diez.
El hecho ocurrió el 6 de febrero de 1993 en el estadio Riazor, frente al Deportivo La Coruña: en plena disputa, Maradona golpeó de forma involuntaria al jugador rival Alberto Albístegui, quien quedó tendido y ensangrentado. Al ver que el fisioterapeuta del Sevilla, Domingo Pérez, corría a asistir al adversario en lugar de atender al capitán argentino, Bilardo enfureció por completo, le gritó "¡Los de colorado son los nuestros!" y luego exclamó desesperado: "¡Pisalo, pisalo! ¡Al contrario, pisalo!", exigiéndole que cruzara por encima del rival para atender de inmediato al propio Diego.
Lealtad, infiltraciones y puños: el estallido final
A pesar de los destellos futbolísticos, la convivencia cotidiana comenzó a resquebrajarse debido a los cortocircuitos con la directiva por los constantes viajes de Diego a la Argentina para jugar con la Selección —como su histórico raid de 60.000 kilómetros en febrero de 1993 para ganar la Copa Artemio Franchi— y el desgaste físico general.
El clímax de la tensión se alcanzó en la anteúltima fecha de la temporada, el 13 de junio de 1993, en el empate 1-1 ante el Burgos. Soportando los estragos de una lesión crónica en la rodilla, Bilardo le suplicó a Maradona que se infiltrara para jugar. En el entretiempo, el astro debió recibir tres inyecciones en la articulación, pero apenas diez minutos iniciado el complemento, el técnico decidió reemplazarlo. La furia estalló de inmediato: al abandonar el césped, Diego insultó a viva voz al entrenador —“¡Hijo de puta, la puta madre que te parió!”— sin que este lo advirtiera en el instante.
Al enterarse por la televisión, Bilardo se apersonó horas más tarde en la residencia del jugador. Lo que siguió fue una discusión a los gritos que terminó con un golpe de puño propinado por Maradona que dejó al Narigón en el suelo, antes de ser separados por Claudia Villafañe y Guillermo Franchi.
Años más tarde, fiel a su estilo en el recordado formato 100x100 de El Gráfico, Diego resumiría el saldo de aquel duelo dialéctico y físico con su inconfundible chispa: "¿Cuándo te agarraste a piñas con Bilardo, en el Sevilla, qué dijeron las tarjetas del jurado? Que gané yo. ¿Por nocaut o por puntos? Por puntos, porque se metió Claudia. Pero ya lo aclaramos con Carlos y quedó todo bien. Igual, conste que tenía razón yo: le había preguntado si jugaba o no, él me contestó que sí y me pidió que me infiltrara. Me infiltré y después me sacó a los diez minutos, ¿cómo no me iba a calentar?". Aquella tormenta de lealtades, genialidad y puñetazos selló de forma definitiva el fin de su ciclo en Andalucía.




































